Subir al Metro de Santiago, a las 7 de la tarde, es una cruzada para valientes. Fue un buen día, a pesar de la aglomeración de ese momento, seguía pensando que fue un buen día. Llega el tren. El carro que se detiene exactamente frente a mí, está atiborrado de gente. No alcancé a entrar. Fue una fuerza colectiva la que me empujó, casi levitando, y quedé al centro del carro, sin poder afirmarme de alguna parte. Y, claro, no pude evitar recordar el chiste de los choros del Bombo Fica. Me sentía igual. Apretada, enojada, sudorosa. Y me dio un ataque de risa. La gente se contagia del buen humor. Y es lo mejor. Si no te ríes en una situación tan penca como esa, terminarías matando a alguien.
Como sea, estábamos todos tan endemoniadamente pegados unos a otros, que no podía evitar respirar en el cuello del hombre que estaba delante de mí. Algo pareció incomodarle, no sé si le molestaba más mi respiración, el movimiento que provocaba mi risa o mis tetas pegadas en su torso. Me miró muy serio, tanto que no pude menos que pedirle una disculpa. No te preocupes, me dijo, esto es igual todos los días.
Era guapo, de seguro algo menor que yo. Y gentil, como pudo trató de dejar un espacio para que mi sofocada humanidad tuviera cómo moverse un poco. Supuse que lo mejor era tratar de girarme, me sentía un poco avergonzada.
Esto es tan dinámico, entra gente, baja gente, pero seguíamos casi frente a frente. El rebaño empujó un poco más. Perdón, dije otra vez… No te preocupes, volvió a repetir. Esta vez sonrió. Entre frenazos y arrancadas, sentí que su pene estaba duro y totalmente pegado a mí. El calor era sofocante. Pensé en moverme otra vez pero sólo me quedé en el pensamiento. Qué problema había. Era una pequeña maldad. Además, no dejaba de ser una gentileza de su parte…
Estación Los Leones, mi bajada. No dije nada. No me moví. Hubiera querido que el tiempo entre las paradas fuera más largo. Me sentía consumida por el deseo, era tan calentón dejarme tocar por este guapo desconocido. Sentía mis calzones húmedos, mi frente debía tener algunas gotas y mi imaginación estaba a mil. Por fin, se las ingenió para meter una mano entre mi ropa y comenzó a hacer movimientos circulares muy cerca de mi clítoris. Yo trataba de mantener la calma, como si nada pasara. La otra mano acariciaba desvergonzadamente mis pechos, a vista y paciencia de quien quisiera mirar.
Así las cosas, era inevitable que el resto no lo notara. Otra vez el rebaño movió toda esa estructura que nos rodeaba y un solícito caballero quedó apuntalándome por atrás, como en un pacto tácito con mi guapo desconocido de ayudarlo a que su presa no escapara.
Esta triangulación desató en mí un orgasmo intenso. Fui incapaz de detenerlo. Ellos, al notar que sucumbía a este placer prohibido, apretaron un poco más y sentí que una generosa humedad empapaba la mano de mi carcelero ocasional. Me regaló una sonrisa.
Era momento de bajarme. Había pasado largamente mi estación de destino. Como pude, me acomodé la ropa y tal como había entrado, en andas, salí de aquel carro. Antes de comenzar a subir la escalera, el tren partió.
Sonreí.
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